
Evelyn Sequeira es pequeñita y de ojos vivaces. Tiene quince años. La risa tímida. Viste una blusa morada que acentúa sus pechos y le ajusta la barriga, de falda y calza unas chinelas que le quedan pequeñas. «Tengo los pies inflamados», dice murmurando.
Se sienta a frotar su estómago, contemplando la llegada de su hija. Cuenta que sus familiares o, según entiende ella, los doctores decidieron que lo mejor para ella era trasladarse a la Casa Materna de Paiwas.
En este lugar ocurre un evento maravilloso de la naturaleza. El río Paiwas se une con el río Grande de Matagalpa. Y uno puede ver como ambos se mezclan con fuerza. Son las ocho de la mañana de un domingo de enero. El sol empieza a calentar. La vista es hermosa: de un lado, árboles que han crecido en los terrenos desocupados; del otro lado, una cadena de cerros colmados de vegetación.
En el municipio de Paiwas, ubicado a 300 kilómetros de la capital, las calles lucen desiertas. A menos de cincuenta metros del encuentro de los ríos -la bocana como le llaman- termina la única calle pavimentada de este caserío.
Hay un perro que parece tener más hambre que intentos de morder, y un par de policías escuchando radio. Y en esa misma calle está la Casa Materna. Es una humilde vivienda casi en ruinas. La fachada de ladrillos, baldosas desconchadas en el suelo, con una sola ventana de madera desgastada por el paso del tiempo, oscura, con cinco camas amontonadas en un espacio pequeño. Pero para las mujeres que vienen aquí, es una gran mejora con respecto a las condiciones que se enfrentarían en su hogar.
«Vine a este pueblo, porque me recomendaron que iba a necesitar más ayuda médica de lo que podía tener en la casa», dice. Normalmente Evelyn daría a luz, al igual que muchas campesinas de Nicaragua, apoyada por amigas, familiares, mientras una partera (supervisa el nacimiento.
Esta joven, sin embargo, se queda en la Casa Materna de Paiwas, desde hace quince días. Aquí funciona una de las 89 casas de maternidad en el país que ofrecen refugio gratuito, atención médica y asistencia a las mujeres embarazadas.
Las Casas Maternas tienen como objetivo principal alojar a mujeres embarazadas de zonas rurales para garantizar un parto seguro mediante el acceso a servicios obstétricos profesionales. Al igual que las otras casas, la de Paiwas coordina la atención para las mujeres con los médicos.
Las mujeres que abandonan sus casas aisladas en las montañas de la atención médica llegan a las Casas Maternas porque los centros hospitalarios tienen tanto déficit de recursos que no pueden atender a las mujeres hasta el momento del parto.
Las Casas Maternas, que operan bajo gestión comunitaria, son un centro alternativo que provee albergue, alimentación, actividades recreativas, charlas de planificación familiar, talleres a mujeres embarazadas originarias de comunidades rurales pobres y alejadas de los servicios de salud, tanto antes como después del parto.
Por lo general se sitúan estratégicamente cerca de las unidades de salud para facilitar el traslado de las mujeres y la atención médica.
La iniciativa de creación de las Casas Maternas nace en los años ochenta, durante la Revolución Sandinista, cuando se creó la primera en el municipio de Ocotal en Nueva Segovia promovida por la Asociación de Mujeres Nicaragüenses Luisa Amanda Espinoza (Amlae) con el apoyo del Gobierno de Suecia. Posteriormente surgieron otras Casas Maternas, impulsadas por diferentes organizaciones de mujeres, porque las primeras iniciativas demostraron que era un método adecuado para prevenir las muertes maternas.

Las Casas Maternas surgen por la necesidad de albergar a mujeres campesinas porque los conflictos de la guerra civil en el país no podían trasladarse en el momento del parto a ser atendidas al hospital.
La mayoría de hogares temporales que hoy en día existen en todo el país son manejadas por organismos locales. Se han implementado diferentes formas organizativas comunitarias para asegurar su funcionamiento.
En el año 2008 se atendieron en los albergues a 13 mil 448 embarazas según datos de la Red de Casas Maternas de Nicaragua. Y, dos años después, en el 2010 atendieron a 17 mil 250 mujeres de acuerdo al Ministerio de Salud (Minsa).
Para Milvia Aguilar llegar al centro de salud de Paiwas fue difícil. Tuvo que andar tres horas caminando y dos horas en bus. Además luego debieron cargarla en hamaca para pasar el río.
«Es un viaje largo, no quería venir pero los brigadistas de salud me dijeron que tengo un embarazo riesgoso porque el bebe está enredado en el cordón umbilical», recuerda.
A pesar de los esfuerzos de los donantes internacionales, Nicaragua todavía está luchando para poner en práctica el más básico de los sistemas de servicios sociales. El país es el segundo más pobre de América. La atención sanitaria es un lujo para la mayoría de las campesinas. Ahí es donde las Casas Maternas se vuelven esenciales en la tarea de salvar vidas.
«En general una mujer campesina no puede venir al centro de salud y esperar una o dos semanas hasta que esté lista para parir», explica Yadira Díaz, la encargada de la casa de la maternidad de Paiwas.
Menciona que teniendo en cuenta los largos trayectos que tienen que recorrer, a veces de un día completo, para llegar al puesto de salud «estas mujeres no pueden esperar a que los dolores del parto lleguen para salir a buscar atención médica».
Sin las casas, la única opción para mujeres con diagnóstico de una complicación del embarazo sería arriesgarse con una partera en las montañas.
Pero además las mujeres se encuentran con otro impedimento: el machismo.
De acuerdo a Yadira en el campo de Nicaragua «piensan en embarazo como el desarrollo de la mujer». Además dice que hay un componente religioso contra el control de la natalidad y los hombres se -oponen- al uso de anticonceptivos».
Y cuando salen embarazadas la mayoría de maridos no las quieren dejar ir al centro de salud, pero ellas también se niegan -como inicialmente lo hizo Milvia porque no quería dejar a sus dos hijos solos- por temor a abandonar su hogar.
«Se les tiene que incentivar para que se hagan los controles periódicos y sensibilizar para que acepten venir a la Casa Materna. Hay que explicarles que esto es para salvar sus vidas», comenta Yadira.
Esto Milvia ahora lo entiende.
Según la última Encuesta Demográfica y de Salud, realizada en 2006, un tercio de todas las mujeres con parejas estaban en riesgo de tener un embarazo no deseado, ya que no utilizó todos los métodos anticonceptivos. Y las mujeres jóvenes, especialmente en las zonas rurales, a menudo son presionadas por los hombres para formar una familia.
Casi la mitad de las mujeres jóvenes nicaragüenses han estado embarazadas. Nicaragua tiene la tasa más alta de fecundidad de las adolescentes en toda América Latina.
Yadira Díaz, quien además es la jefa de enfermería del Centro de Salud de Paiwas menciona que desde que se fundó la Casa Materna en el 2007 han atendido a muchas mujeres. Otras se escapan de la casa y hay que convencerlas de volver.
En esta comunidad no cuentan con recursos suficientes para contratar personal para atender la Casa Materna por lo que funciona bajo la responsabilidad del Ministerio de Salud. Pero el presupuesto es poco. Cuatro mil córdobas (174 dólares aproximadamente) para tres meses.
«Es una casa prestada, con cinco camas que alberga a mujeres de las zonas rurales alejadas pero sobre todo embarazos de alto riesgo», asegura.
La Casa Materna de Paiwas, durante su funcionamiento ha atendido más de cien partos en una población estimada de dos mil personas. Han ofrecido albergue para que mujeres que viven en lugares remotos puedan llegar a esperar-una semana antes aproximadamente -el parto. Hasta ahora están construyendo una casa propia.
La dirección es difícil de encontrar. Después de perderse en un laberinto de calles observar caminando a cuatro mujeres embarazadas juntas resultaba sospechoso, en el buen sentido de la palabra. Y sí, eran mujeres hospedadas en la Casa de la Mujer de Río Blanco.
Sonríen temerosas. Cuatro mujeres bajitas, morenas todas, vestidas con colores alegres. Se escaparon para ir a visitar a una amiga de una de ellas. Bajo el sol del atardecer, en una sola calle empinada las cuatro mujeres caminaban lentamente. Nos guían.
En la entrada de la Casa de la Mujer las recibe Sonia Urbina. Es la responsable de turno. Con una sonrisa regaña a las cuatro muchachas. «Ustedes son bien confiadas se suben a cualquier vehículo», les dice.
Las cuatro embarazadas salen a caminar por el pueblo para distraerse. Algunas llevan más de 20 días en la casa. «Pierden la cuenta de cuando van a parir y por eso están aquí más de la cuenta», explica.

Esta casa materna tiene once años de funcionar. Surgió como una iniciativa de un grupo de mujeres religiosas. A través de la única radio local llaman a las mujeres de los poblados alejados a que acudan a realizarse control.
Han atendido 1 822 mujeres en todo este tiempo. Es difícil asumir todos los gastos. «Hay veces que no tenemos suficiente dinero para asumir todo y se les pide a las mujeres que colaboren con algo», dice Sonia.
Han instalado una pulpería y tienen un pequeño negocio de alquiler de sillas para poder costear algunos gastos de funcionamiento.
Hoy en día, nueve de cada diez muertes maternas ocurren en los países más pobres, como Nicaragua. Si tuvieran una mejor atención y servicios de salud adecuados la situación cambiaría.
Según un informe de la Dirección General de Extensión y Calidad de la Atención del Ministerio de Salud «la falta de recursos financieros, en general, está vinculada con la irregularidad en el flujo de recursos» del mismo ente gubernamental hacia las Casas Maternas.
Es su quinto embarazo. «Pero todas las veces me alivié (parió) en mi casa», recuerda Elizabeth Soza. Tiene ocho días de haber llegado a la Casa Materna de Río Blanco y ya extraña saber cómo está todo en su hogar.
«Me vine montando en caballo para acá», dice sonriendo esta joven de 26 años. Pero el viaje no fue corto. Después de montar tres horas en «bestia» para salir a la carretera lo hizo en un camión por dos horas más.
Se soba la barriga mientras recuera que sus otros hijos se los cuida su esposo junto a su suegra. Y que tenía temor de llegar a la Casa Materna pero que «la atención aquí es mejor porque toditas las que trabajan tienen un gran amor por la madre que están atendiendo».
Aquí llegan mujeres embarazadas desde todas las comunidades que tienen que atravesar ríos crecidos, caminar por picadas, en montañas, bajo la lluvia. Río Blanco es un pueblo ganadero donde se dificulta convencer a las mujeres de la importancia de dejar la cultura del parto en condiciones poco propicias.
«Las que corren el peor riesgo son las que se quedan en casa. Nos damos cuenta de algunos casos pero no siempre hay presencia en esos lugares apartados y mueren muchas mujeres ante el silencio de sus familiares», asegura Sonia.
Además indica que algunos hombres siempre dicen que no llevan a la mujer embarazada a un centro de salud porque no tienen a alguien que se quede cuidando en la casa y que además en el centro de salud todo el mundo «les mira» sus partes íntimas.
Sin embargo, en este pequeño municipio los brigadistas de salud han jugado un papel importante. Han organizado talleres con hombres campesinos para cambiar comportamientos y que estos apoyen a sus esposas en las labores domésticas durante el embarazo. Pero también para sensibilizarlos en planificación familiar. El reto no es fácil.
Para Carla Cruz este también es su quinto embarazo. Esta mujer de tez morena y ojos tristes cuenta que es la primera vez que asiste a la Casa Materna de Río Blanco. Antes su esposo no la dejaba y ella tampoco quería dejar su casa sola.
«Siempre me he quedado en casa aliviándome, he perdido dos hijos en esos partos y por eso esta vez me recomendaron los brigadistas venir por una mejor atención», dice.
Sonia le explica que su embarazo es de alto riesgo y «es de vida o muerte» que permanezca bajo atención médica.
Muchas de estas mujeres no llegan a controles prenatales y pierden la cuenta de las semanas de embarazo.
«Por eso las tenemos aquí a veces más tiempo del requerido», asegura Sonia. Sin embargo, algunas huyen y no las pueden obligar a quedarse. Pero les dan seguimiento con las autoridades sanitarias para salvarlas.
En Nicaragua la tasa de mortalidad materna es una de más altas del continente, cada año se mueren 105 mujeres como promedio, es decir, una muerte cada 38 horas. Pero en regiones alejadas del país el nivel de la mortalidad materna es más alto todavía. Las estadísticas oficiales serían incluso mayores si no existiese un alto subregistro de casos de muertes maternas, que se calcula puede llegar hasta un 50%.

La mayoría de las muertes maternas corresponden a zonas rurales y una cuarta parte de éstas se producen en adolescentes. Se deben antes que nada a la falta de atención prenatal y de la atención del personal calificado durante el parto. La mayoría de estas mujeres podría salvarse si les hubieran atendido adecuadamente.
En Nicaragua, según el Banco Mundial, se estima que por cada 50 mujeres que sufren complicaciones durante el embarazo y parto una de ellas fallece. En cambio en países desarrollados esta relación es de una cada 3 mil mujeres.
La mortalidad materna es uno de los grandes desafíos de salud pública. Según un estudio realizado por el Banco Mundial cerca de 600 mil mujeres en el mundo mueren cada año como consecuencia de factores relacionados con el embarazo y el parto.
Por lo tanto, reducir la mortalidad materna se ha convertido en una prioridad que se evidencia en el hecho de que se incluyó como una de las ocho metas de desarrollo del milenio establecidas por la Organización de Naciones Unidas (ONU).
El año pasado Nicaragua también fue reconocida por Naciones Unidas con el Premio América por reducción de la mortalidad materna e infantil a través de las Casas Maternas, que constituyen un ejemplo del trabajo conjunto de la sociedad civil, instituciones del Estado y la participación de los ciudadanos en proyectos de bienestar para sus comunidades.
Concepción Rosales está sofocada. Una de las muchachas embarazadas empezó a sentirse mal. Es casi mediodía y, aunque hoy no está de turno, vino a saber qué pasaba con ella. Da órdenes a Silvana-su colaboradora -para que investigue qué pasa. Mientras menciona que el año pasado atendieron a 403 mujeres embarazadas en la Casa Materna de San Carlos.
Esta mujer bajita, de hablar pausado, recuerda cuando la llamaron en el 2002 para fundar la Casa Materna de San Carlos. Esta ciudad costera se encuentra ubicada a unos 290 kilómetros al sureste de la capital, justo donde termina el Lago de Nicaragua y comienza el río San Juan.
A pesar del ambiente idílico creado por la exuberante naturaleza, la zona es una de las más abandonadas del país.
Hasta la Casa Materna llegó hace 19 días Maryuri Medina. Vive en la comunidad El Caracol. Caminó por varias horas y luego atravesó el río en una pequeña lancha. Es domingo, día de la mayoría de visitas familiares, y las mujeres embarazadas reciben comida, artículos de uso personal y regalos.
-Aquí me han atendido bien todos estos días- dice Maryuri.
-Vos tenés bastante de estar aquí, pero yo soy la jefa porque tengo más de un mes- la que interrumpe es la voz de Maura Espinoza, una joven sonriente de 17 años.
Ambas se han hecho amigas. Normal, pues son casi de la misma edad. Deberían estar juntas estudiando en la universidad, pero están aquí a punto de ser madres por primera vez.
Hace algunos años la dirigente indígena boliviana, María Rasguido, directora de salud visitó algunas casas maternas para implementar esta iniciativa en algunas zonas étnicas de su país.
«Estoy maravillada del trabajo que las Casas Maternas que funcionan como organizaciones no gubernamentales con algún apoyo del Ministerio de Salud y han atendido a la mujer campesina, reduciendo grandemente la mortalidad materna», dijo Rasguido.
La experiencia de las casas maternas no es exclusiva de Nicaragua. Países tan variados como Ghana, Laos, Colombia, Cuba, Zambia o Perú también han implantado actualmente esta estrategia de gestión comunitaria para combatir la mortalidad materna e infantil.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las mujeres deben ser vistas por un médico al menos cuatro veces durante el embarazo y en países en vías de desarrollo del 2003 al 2008 apenas el 34% de las mujeres embarazadas fueron vistas por un médico en el área rural, y un 67% en las áreas urbanas.
María Teresa Santos tiene 21 años, casi nueve meses de embarazo y muchos nervios. Días antes de llegar a la Casa Materna todo iba bien hasta que le dieron la noticia que su abuelo había muerto. Admite apenada que es la primera vez que recibe atención prenatal.
«Desde ese día la cabeza me duele, el cuerpo entero empieza a dormirse y de repente me caigo desmayada. Creo que tengo algo en la cabeza», dice.
Los médicos aseguran que se trata de nervios solamente. Pero María Teresa cuenta que tiene miedo por eso la mandaron desde su comunidad. Donde vive no hay puesto de salud.
Cuando pasa algo grave tienen que salir en camión. Es lo que hizo durante más de cuatro horas esta joven para llegar a la Casa Materna. Lleva sandalias negras y mueve constantemente las manos. «Son los nervios», le dicen las demás embarazadas para tranquilizarla.
Lo más probable es que -como le dijeron los doctores- tenga un bebe sano. Estar en la Casa Materna le asegurará tener un parto seguro. Si hubiera decidido quedarse en casa, probablemente otra sería la historia.

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