El acceso a la educación universitaria es casi un lujo para miles de jóvenes, pero algunos hacen grandes sacrificios para poder culminar una carrera. Los estudiantes de los departamentos se aventuran a venir a Managua a estudiar, pasando miles de vicisitudes

Lancho entra al cuarto de Darvis y Jerry por la ventana, en silencio como si fuera un ladrón, no quiere que nadie se dé cuenta. Las circunstancias han llevado a este joven de la Costa Atlántica a ser un proscrito.
Estudia en la Universidad Nacional Agraria (UNA) y es un «paracaídas» pero no precisamente de los que se lanzan de un avión, sino porque es parte de las decenas de estudiantes que sobreviven dentro de la universidad posando en los cuartos de los internos, y comiendo lo que encuentran: mangos, cocos, ranchitas y todo lo que sus compañeros le quieran dar.
Lancho Onofre Zamara Fenly entró a la universidad con una beca que le cubría lo necesario para vivir, alimentación, hospedaje y apoyo económico; pero el sueño del estudiante terminó cuando cursaba segundo año. Dejó una clase y perdió la beca. Se resistió a volver a su casa derrotado, así que se aventuró a ser un paracaídas.
Los «paracaídas» de la UNA son estudiantes que viven en un hacinamiento clandestino dentro del edificio donde se encuentran los dormitorios de alumnos internos.
Legalmente no existen. Por ellos nadie responde, sus nombres no están ni en las listas de becarios internos ni dentro de los registros de los beneficiarios del siempre conflictivo 6%. En teoría no deberían de vivir en las instalaciones, pero la realidad es otra.
Estos jóvenes que son retirados de la lista de beneficiarios de las becas de internos por su bajo índice académico, duermen en el piso dentro de los cuartos de sus amigos, aunque eso significa someter a sus anfitriones al riesgo de perder igualmente su propia beca por violar el reglamento de los becarios. Algunos menos afortunados duermen en el pasillo, en colchonetas prestadas por sus compañeros.
En la UNA hay «paracaídas» de todos los departamentos del país, de todas las carreras, de todos los años de las carreras y de ambos sexos. Sí, eso mismo, las mujeres también se arriesgan a vivir en esas condiciones.
Eric Alexandre Pineda, estudiante de tercer año de Agronomía calcula que hay al menos dos «paracaídas» en cada uno de los 88 cuartos del edificio.
Si las cuentas de Pineda fueran exactas, significaría que hay al menos 176 estudiantes que deambulan pidiendo un lugar dónde dormir dentro de los cuartos o afuera de ellos. Las autoridades de la universidad tienen pleno conocimiento de este fenómeno pero aun no han hecho nada.
A falta de camas, ¡mesas!
En el caso de Eric Alexander Pineda se puede ver la cara más afortunada de esta moneda. Él quería estudiar Agronomía. Es de Wiwilí. Aplicó para una beca de interno en la UNA hace tres años, llenó los papeles, esperó una semana y entonces recibió la noticia de que podría empacar sus maletas y venir a Managua a estudiar.
Su familia es de escasos recursos. Él a duras penas logra subsistir. Como parte de su beca la universidad le brinda cada dos meses un paquete que contiene jabón de baño y de ropa, pasta dental y un desodorante. Solo compartiendo unos con otros logran sobrevivir.
Sin embargo, es importante decir que aunque los becarios tienen ciertos privilegios adicionales, las precarias condiciones de la infraestructura no distinguen entre los paracaidistas y los internos.
Eric recuerda que en una ocasión cuando volvió de las vacaciones en su primer año de estudio, las circunstancias lo obligaron a dormir en una mesa pues la encargada de abrir los cuartos todavía no volvía de sus vacaciones.
A usted que lee este reportaje le proponemos un ejercicio, cierre los ojos, trate de imaginar un pasillo lúgubre y oscuro aún en horas del mediodía, a eso agregue baños de uso limitado, estrechos y mal olientes, compartidos por hombres y mujeres (la administración los cierra de nueve de la mañana hasta las doce del medio día bajo la excusa de que los están lavando).
Incluyamos a este ejercicio mental puertas en mal estado, literas viejas y colchones de esponja tan desgastados por el uso que parecen que fueron mordidos por ratones dejando descubiertos los alambres que hieren las espaldas de sus ocupantes.
Para colmo, las habitaciones están apertrechadas con inservibles abanicos que en las noches de verano son insuficientes para apaciguar el intenso calor que produce el exceso de personas. Esas habitaciones se asemejan más a celdas que a cuartos y estos son solo algunos de los muchos aspectos que enfrentas los alumnos internos y sus huéspedes: los «paracaídas».

¿No hay solución?
Lucia Silva Caldera, es la orientadora encargada de las becas internas, se sienta en su escritorio dentro de una oficina con aire acondicionado a firmar papeles y a planear soluciones conceptuales para un problema real.
Ella en representación de la universidad pretende resolver los problemas de los paracaidistas e internos con una «educación integral y un empoderamiento de la realidad, con la creación de conciencia».
Esos son conceptos bastante loables pero poco funcionales y aún menos realistas para solventar las obvias y abundantes necesidades. «No se da abasto, no se puede (hacer más) por la capacidad del edificio y por el presupuesto», comenta Silva.
Los paracaídas seguirán cayendo
De regreso en la Universidad Agraria conocimos a Alvino Fiallos, él es de Aniwas, comunidad de Wiwilí en la región del Río Coco. Aplicó para la beca de interno pero a pesar de su buen promedio no pudo obtener los beneficios del internado y está planeando ser un paracaídas para el próximo año.
Vive en los cuartos de don «Chico», paga 250 córdobas para compartir el cuarto con otros tres estudiantes aunque paga alquiler las condiciones no son muy diferentes a las que vivirá si se decide a ser un paracaídas.
«Don chico» es famoso entre los estudiantes de la UNA por alquilar cuartos frente al campus y aunque no es el único lugar, si son los más cercanos. Es un negocio con el que desde 1989, «Don chico» ha podido mantenerse, progresar y enviar a sus hijos a estudiar a universidades de excelente calidad, una calidad que los jóvenes que duermen en sus cuartos no podrían costear.
Alvino Fiallos tiene la certeza de que el próximo año se ahorrará los 250 córdobas. Sea porque le aprueben la beca o porque será paracaídas.
«Este año no pude entrar porque soy de primer año y pensé que me iban a dar la beca y porque para entrar al internado como paracaídas tenés que conocer gente, tener amigos. Pero el próximo año si me vuelven a negar la beca voy para dentro», asegura.
Mismo problema, otro nombre
Elías López estudia medicina en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), él es uno de los 113 universitarios que cuentan con el beneficio de la beca alojamiento, que esta universidad otorga a los estudiantes de los departamentos.
Sin embargo, existe un grupo de estudiantes que han perdido esta beca, y que ahora viven clandestinamente o al «raid» como popularmente se les llama.
Estos estudiantes continúan viviendo en las casas de los internos, con su consentimiento, pero no están registrados en la lista de becados. Elías estuvo un semestre al raid. No pudo mantener su porcentaje y la perdió.
Cuenta que pasó muchas penurias con la comida y adelgazó bastante. Se compró una colchoneta para dormir. Él tuvo la beca de interno, que cubre alojamiento y alimentación, ahora solo tiene la de alojamiento y se las ingenia con la comida. Sus amigos le prestan la tarjeta para poder retirar almuerzo y cena.
El licenciado Álvaro Zambrana, director del Departamento de Becas de la UNAN, dijo que ellos como universidad no tienen ningún conocimiento de los estudiantes que viven de esta manera.
La contradicción está en que a pesar de que afirman «desconocer» oficialmente si hay o no estudiantes que viven así, las autoridades catalogan y sancionan como actos de indisciplina los mismos actos que dicen desconocer y que provocan hacinamiento en los cuartos de los becados.
«Yo no te puedo hablar de chavalos que van al raid, porque no sé si hay o no hay, yo te hablo de lo que yo tengo como programa oficial. Yo no controlo, ni puedo controlarlo porque no hay personal nocturno», declaró Zambrana con tono molesto ante nuestras preguntas.

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