
Cierta vez mencioné a Platón en una clase de psicología para referirme a la visión que este filósofo griego tenía sobre el amor no correspondido. La mayoría de los estudiantes, de aproximadamente 13 años, sabían exactamente de lo que estaba hablando, pero con respecto a su autor, no sabían si decidirse por Pluto, Plato o Plutón.
No los culpo. Para efectos prácticos, no les interesaba recordar su nombre, sino más bien la dialéctica de su sabiduría. Todos estuvieron de acuerdo en que «algo» los mantenía idiotizados a lo largo del tiempo a pesar de haber sido alguna vez rechazados por la persona amada.
De alguna forma, a todos nos pasa. ¿Qué clase de poder nos atrae hacia donde no somos llamados? La experiencia humana sugiere que la fantasía es la responsable. Ésta tiene cabida en los espacios más impensables de nuestra mente y nos permite tener control de diversas recreaciones románticas.
En ella, construimos y des-construimos escenarios paralelos en función de nuestras necesidades emocionales. Y es así como nacen los amores idealizados. No necesitan de la participación física de nadie y realzan los atributos del otro, como una forma de embellecerlo para convertirlo en objeto digno de contemplación.
La idea del amor platónico es que dure para siempre y que cuente con una fuente inagotable de energía como la pasión, por lo tanto, su lógica es destruir cualquier elemento de la realidad que pueda obstaculizar la fantasía de la perfección. Por eso lo transformamos en un ritual de divinización privado en el cual invertimos todo.
La escritora española Rosa Montero confirma que «la esencia de lo pasional es la enajenación que produce: el enamorado sale de sí mismo y se pierde en el otro, o por mejor decir, en lo que imagina del otro. La pasión es una especie de ensueño que se deteriora en contacto con la realidad».
Algunos especialistas afirman que la idealización romántica pone en riesgo la salud mental de las personas, pues su condición puede llegar a un estado psicótico. ¿Cómo saber cuál es el límite? La seguridad de soñar libremente con el amor deseado, está en regresar de la fantasía cada vez que la realidad lo exige, sin que eso deba representar un drama, ni el abandono súbito del compromiso con los demás.
Por lo general, las decepciones provocadas por el despertar fantasioso duran lo que un estornudo y no están supuestas a amenazar las relaciones palpables y recíprocas involucradas en la vida física. Sin embargo, la ensoñación de nuestros tiempos parece estar poniéndonos en una encrucijada. Por alguna razón, creemos que no puede coexistir con la elección de pareja y que debemos entonces elegir entre las dos, cuando talvez no tenga que ser así.
Si en lugar de utilizar las fantasías para escapar de las carencias afectivas, las utilizamos como un recurso creativo para amar, aumentamos la probabilidad de inmortalizar la pasión, de reconocer al otro en su propio y real yo, incorporando el elemento mágico a la convivencia. Al contrario, la realidad de hoy nos aburre y nos ahoga como si aniquilara nuestro niño interior.
Estoy segura que es exactamente lo que Pepe Lepew apuesta en cada uno de sus encuentros con Penélope la gata. Lo que los psiquiatras diagnosticarían como psicosis, yo valoraría como delirio selectivo.
Cada vez que él lo experimenta, vive el momento más apasionado de su vida y jura amor a primera vista. Nunca es correspondido, y cuando finalmente lo es, recupera su lucidez y huye, tal y como las personas a veces huimos del sufrimiento del amor para combatir su decadencia. En lo personal, no dudo en viajar de vez en cuando arriba para recolectar estrellas, siempre y cuando pueda bajar a contarlas al lado de un cuerpo tibio.
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