Nicaragua tiene muchas similitudes con Alemania (guerras, divisiones, dictaduras), pero hoy ese país es una de las mayores potencias del mundo. Se han levantado cual ave Fénix. Más que olvidar su triste pasado, han sabido preservarlo, aprender de él y sacarle mayor provecho. Esta es la crónica de un viaje que Yader Luna realizó por esas lejanas tierras.

Estoy viendo una docena de postales. Tienen una apariencia realmente absurda. Una foto del Muro de Berlín o de algún momento histórico de Alemania y un sello plástico que contiene una lámina que dice ser un pedazo de muro certificado. Pero lo que representan es trágico.
Esos fragmentos reaparecen en frágiles tiendas callejeras o en cualquier puesto de venta de Berlín. Dicen que cuando cayó el terrorífico muro que dividía en dos a Alemania, el 9 de noviembre de 1989, hordas de jóvenes socialistas adaptaron rápidamente las mejores costumbres mercantilistas y vendían el muro a pedacitos.
Lo cierto es que miles de personas alrededor del mundo tienen -lo que dicen ser- pedazos del histórico muro de Berlín. Reales o no, muchos atesoran esos trozos como memorias de la historia de un país que cambió la realidad del mundo.
En las calles de la capital de Alemania se pueden ver todo tipo de souvenires. Cuando yo era pequeño, me resultaba difícil entender por qué existían dos Alemanias. Y no solo era un país dividido, sino separado en dos mitades prácticamente enemigas.
Casi 21 años después, estoy visitando Berlín. Es una ciudad ante todo monumental, lleva de vida y arte por todos lados. En una mezcla fantástica de culturas, acogedora a los turistas. Es imposible imaginar que en este lugar el nazismo odiaba a todo aquel que era distinto. Pero asi fue.
Tenía curiosidad por encontrar restos del turbulento pasado alemán, desde que supe que viajaría por veinte horas para llegar a este país. En principio no parecía tarea fácil. Imaginé que todo su pasado estaba sepultado y que sentirían vergüenza siquiera de mencionarlo. Que equivocado estaba.


Cerca de la Puerta de Brandeburgo unos apuestos jóvenes se hacen pasar por militares que sellan tu pasaporte. Sí te da temor, a como suele suceder, te venden unos “pasaportes” y te los sellan. Ya tengo mi propio documento de viaje para el pasado. Pero es un juego. Los intimidantes soldados posan sonrientes para una fotografía.
-Mírame de frente- me dice uno de ellos. Me mira con malicia, pero no puede contener una sonrisa pícara. Se ve que la actuación no es su fuerte. Pero yo también quiero seguir el juego. Lo observo y le digo que voy al otro lado del muro a visitar a unos amigos. Sella mi pasaporte y me da indica que puedo pasar.
Estoy acompañado de otros periodistas de Latinoamérica. Al mexicano que anda un broche de Diego Armando Maradona el joven militar le regala una postal extra. “Maradona is beautiful, is God”, dice. Bromeo y le digo que me llamo Diego. Con cara risueña pero pose seria me dice que ya perdí mi turno y que no habrá regalo para mí.
Me siento, me fotografío con ellos y con el una efigie del oso del escudo de Berlín. Los símbolos, como el pasado y el presente, se mezclan en esta ciudad. Bien vale que se cuele en nuestra “recreación” de la historia.
Le pido al “soldado” que haga el signo de amor y paz (la señal de la Victoria) para mi fotografía, como muestra de que los militares también detestan la guerra. Una señal que en Nicaragua significaría otra cosa, pero que aquí es un simbolismo sin implicaciones políticas.
Estando hoy, aquí, difícil imaginarse que en este lugar, cerca de la Puerta de Branderburgo, muchos murieron intentando cruzar esa barrera infranqueable, y como otros tantos pensaron en que la reunificación sería imposible. Difícil, realmente, pensar que este es el lugar donde surgió el facismo y donde surgió el régimen de la RDA que partió en dos a la ciudad con el Muro de la vergüenza.
Después de la Segunda Guerra Mundial, desatada por los nacionalsocialistas encabezados por Adolf Hitler, hubo consecuencias nefastas para Berlín. El centro urbano quedó destruido. La ciudad fue dividida en las cuatro fuerzas aliadas -Francia, Estados Unidos, Inglaterra y la Unión Soviética-, para evitar cualquier resurgimiento nazi. Fue hasta que se firmó el Tratado 2 + 4, firmado el 12 de septiembre de 1990, que se restableció la plena soberanía de Alemania sobre su territorio.
Y en agosto de 1961 efectivos del Ejército de la RDA empezaron a construir un pequeño retén que luego se convirtió en el Muro de Berlín, con una extensión de 43 kilómetros. Existian X puestos de control (o de la muerte) equipados con reflectores, cercas eléctricas y guardias armados que hacían impensable traspasarlo.

Ahora, Berlín es uno solo. Aparte de la cicatriz en el suelo, se conservan numerosos restos en pie del Muro, algunos con todo tipo de información al respecto. Es la forma de no olvidar el pasado, y te siguen vendiendo pedacitos del Muro (con certificado de autenticidad), a precios variables dependiendo de su tamaño. Y postales, muchísimas postales, recuerdan cómo era la ciudad antes y durante esa época.
También los horrores de la guerra son recordados y utilizados por Berlín para explotarse turísticamente. Hay exposiciones constantes, murales, visitas guiadas, buses turísticos. Todo se vende en Berlín. Y se vende bien.
No es una ciudad industrial, es una ciudad más bien cultural, que vive en gran medida del turismo que genera. Alemania es un país donde todo se reconstruye y se preserva para recordar el pasado.
En plena zona monumental se alza “Neue Wache” o la Nueva Guardia, un edificio clasicista, en el que se conmemora a todas las víctimas de los totalitarismos y el militarismo. Construida entre 1816 y 1818, actualmente sirve como memorial que rinde homenaje a “todos los que eligieron la muerte para no doblegar su conciencia”.
Abundan memoriales en Berlín por todos lados. Cada hecho histórico tiene su rincón especial en esta ciudad. La verdad es que Berlín ha sabido convertir sus viejas miserias en fuentes de ingresos, mirando al futuro.
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