En esta semana se cumplen 117 años de la primera revolución nicaragüense. Se trata de la Revolución Liberal, que a pesar de haber generado muchos cambios hoy permanece casi en el olvido

El 11 de julio de 1893 un hombre bigotón, de cabello ralo y de vientre abultado, junto un pequeño grupo de hombres, decidió cambiar el destino de todo un país. ¿Qué queda de él? Una estatua que nadie reconoce, una tumba visitada por unos pocos una vez al año, algunos buenos y otros malos recuerdos de su gestión.
¿Un dictador o un estadista? Desde hace unos años dejó de circular el billete que tenía su rostro. Se trata de José Santos Zelaya. Así como dejó de circular en forma de dinero de mano en mano, hoy es un personaje que muy pocos recuerdan.
Su revolución nació el día en que los liberales decidieron sublevarse en León desconociendo la Junta de Gobierno de don Joaquín Zavala, que extendía el poderío de los gobiernos conservadores. Estalló la guerra, que culminó en la batalla de la Cuesta del Plomo. El 25 de julio, Zelaya entró triunfante y sonriente a Managua, por la calle que posteriormente se conocería como “Calle del Triunfo”.
Con la victoria de la Revolución Liberal se formó una nueva Junta de Gobierno presidida por José Santos Zelaya.
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Casi de inmediato de llegar al poder, liberales y conservadores decidieron firmar el Tratado de Paz el 30 de julio; donde expresaban que habría paz y amistad entre los partidos y garantías amplias para vencedores y derrotados.
Pero como explica el historiador, Antonio Esgueva en el libro “Conflictos y Paz en la Historia de Nicaragua”, la realidad fue muy diferente.
“Los conservadores declararon la guerra al gobierno liberal en 1894, 1897, 1898, 1899, 1903 y 1907. Zelaya reprimió a los cabecillas con muertes, cárceles y exilio”, señala Esgueva.
En venganza, Zelaya recargó la mayoría de los gastos económicos de la guerra sobre sus enemigos y los forzó a pagar enormes préstamos.
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¿Pero en qué se diferenciaban estos liberales de los de hoy? Para el historiador, Gustavo Mercado, las diferencias son abismales. Si bien considera que no fue un Gobierno perfecto, es el “único” con un proyecto de nación.
“Todos los liberales actuales tienen una posición servil a intereses políticos o extranjeros, en cambio durante el período de Zelaya se luchó por establecer un proyecto de desarrollo”, explica.
Mercado prepara actualmente un libro sobre lo que él denomina “La primera República liberal”. Se considera un aficionado del personaje de Zelaya. Asegura que no es tan malo como se le pinta.
“Con tantas guerras le costó desarrollar el país, es similar a lo que le pasó a (Daniel) Ortega en su primer mandato en los ochenta”, indica.
Sin embargo, cuando le pregunto si considera a Zelaya un dictador o no se queda en silencio. Es una faceta que depende del lente con que se le vea.
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En el libro “Cosas de Centroamérica/Memorias de un testigo presencial de los sucesos”, el también liberal y periodista José María Moncada, describía a Zelaya como “un caudillo”.
“Es un caudillo como los antiguos reyes asirios: primitivo, se defiende de las fieras con astucia inaudita. No es genio, pues, el de Zelaya. La ley histórica y la ley científica le nivelan con los dictadores despóticos. Se ha desarrollado por su vida de conspirador en él, la astucia y al mismo tiempo la crueldad”, asegura Moncada.
Para el historiador, Jorge Eduardo Arellano, el régimen de Zelaya fue autocrático, a pesar que se caracterizó por tener un sentido “más nacionalista” que los gobernantes anteriores.
“Su régimen al margen de sus consecuencias antidemocráticas y represivas, no fue ajeno de haber llevado al esplendor el nacionalismo liberal”, refiere.
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Su gestión tuvo un buen impacto en la economía del país. Modernizó el Estado introduciendo nuevas leyes, creó nuevas instituciones, introdujo el “habeas corpus”. El general Zelaya instauró la educación gratuita y obligatoria, construyó escuelas, inauguró las escuelas normales, mejoró correos, telégrafos, carreteras, y trajo el ferrocarril, entre otros avances.
Pero el principal cambio que introdujo fue la aprobación de “La Libérrima”, una nueva Constitución que produjo cambios significativos en el país, y que dio a las personas derechos ciudadanos modernos que continúan vigentes hasta hoy.
Por primera vez se igualó los derechos de los ciudadanos para optar a cargos públicos, instituye el sufragio obligatorio, directo y secreto.
Para entenderlo hay que conocer que durante los 30 años conservadores, antes de la llegada de Zelaya, lo que existía era un sistema de electores que elegían a las autoridades.
En la Constitución conservadora de 1854 se establecía que los ciudadanos eran “los nicaragüenses varones de buena conducta y mayores de veintiún años, o de dieciocho que tengan algún grado científico o sean casados, poseyendo, además, una propiedad de cien a trescientos pesos, según determine la ley, o una industria, profesión u oficio que al año produzca lo equivalente”.
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La Libérrima garantizaba a los nicaragüenses y extranjeros la seguridad individual, la libertad, la igualdad ciudadana, prohíbe la prisión por deudas, establece la libertad de religión, garantiza la educación primaria obligatoria y gratuita.
Pero muchas cosas no se hicieron, como las elecciones. Zelaya quiso perpetuarse en el poder y no realizó elecciones durante su período.
El principal problema que tuvo el Gobierno de Zelaya fue la Iglesia. Estableciendo la educación laica y controlada por el Estado fue considerado como un atentado por parte del clero.
A esto se sumo una constante legislación como la ley de los cementerios laicos, la del matrimonio civil, la prohibición de fiestas populares de patrones, prohibición de procesiones, la prohibición de cobros por bautizos y entierros. Todo esto llevo a serios enfrentamientos entre el clero y el Gobierno.
Desde el púlpito de las iglesias hubo llamados a la desobediencia civil y ex comuniones. Como respuesta gubernamental, hubo confiscaciones y expulsiones de muchos sacerdotes.
En un periódico granadino de 1920 que se conserva en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica de la Universidad Centroamericana (IHNCA-UCA), Pedro Joaquín Cuadra Chamorro “analiza” el Gobierno de Zelaya tras su muerte.
“Cuando escala al poder el liberalismo, la tiranía surge bestial (...) esta razón explica a la luz de las leyes históricas, la tiranía oprobiosa que en su provecho propio ejerció el general José Santos Zelaya”, refiere el documento.
Ese tipo de calificativos contra Zelaya eran comunes en esa época por parte de los conservadores
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Como señala Oscar René Vargas en el libro “La revolución que inició el progreso”, uno de los mayores logros de esta época fue la expansión del capitalismo que tuvo repercusiones en el crecimiento de la economía del país.
“Uno de los objetivos del gobierno de Zelaya fue la consolidación de la deuda externa (...) buscar la integración económica del país, para lo cual se atendió con preferencia el problema de las comunicaciones y el transporte”, indica el historiador.
Otro de sus éxitos fue la incorporación de la Mosquitia, un territorio que nunca había sido parte de Nicaragua y era considerado territorio de Gran Bretaña.
Pero la administración liberal mantuvo tensas relaciones y desacuerdos con Estados Unidos, lo que llevó a que en 1907 diversos buques de guerra estadounidenses ocuparan distintos puertos de Nicaragua.
En 1909 algunos mercenarios norteamericanos fueron capturados y ejecutados por el Gobierno de Zelaya, lo que sirvió de pretexto para que Estados Unidos considerase la acción como una provocación y derrocaran a Zelaya a través de la Nota Knox, del secretario de Estado de Estados Unidos, Philander Chase Knox.
En el libro de Hubert Herring, “A History of Latin America”, uno de los principales textos usados en las clases de historia de Estados Unidos se dice lo siguiente: “Zelaya, una persona sin escrúpulos. Su reino de 16 años fue una tiranía brutal. Persiguió a sus opositores conservadores y los llevó a la ruina financiera, al suicidio o al destierro”.
Y así numerosos libros alaban o critican a Zelaya. Como dice el profesor de historia de la Universidad de Kansas, Charles Stansifer, es necesaria tal vez una “reinterpretación” de Zelaya.
“La mala reputación de Zelaya-que él merece en cierto modo a causa de sus hábitos autocráticos- ha hecho muy difícil una interpretación correcta de los cambios sociales y económicos que ocurrieron durante su administración”, indica Stansifer.
Después de su derrocamiento y ya refugiado en Europa Zelaya escribió el libro “La Revolución de Nicaragua y los Estados Unidos” en el que se defiende y acusa de desinformación.
“Nicaragua, por los esfuerzos del Gobierno que por tanto tiempo dirigí, seguía una marcha bonacible y progresiva de todos reconocida y a pesar de los incesantes trabajos de los enemigos de las instituciones liberales, varias veces fracasadas, nada hacía esperar el grito de una revolución interior”, escribió.
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Este 11 de julio, los liberales celebraran el aniversario de la primera Revolución de Nicaragua. Mucha agua ha corrido desde ese tiempo. Talvez algún día Zelaya sea celebrado como el progresista o como el dictador que fue. La historia se encargará de ello.

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