En la tercera y última entrega de su especial sobre Radio Palabra de Mujer, Yader Luna explora su rol en la movilización popular que impidió la construcción de la represa de Copalar, que hubiera significado el finde Bocana de Paiwas.
Una ligera ráfaga de viento pasa sobre Bocana de Paiwas, en la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS). Varios niños corren tras una pelota de fútbol y los comerciantes cubren con bolsas de plástico las frutas que ofrecen en improvisados tramos situados en la única calle adoquinada del pueblo.
Esta calle queda en la parte baja de varias lomas, donde se ubican la mayor cantidad de caseríos. Aquí también se encuentran las oficinas de la Policía Nacional, de la Alcaldía municipal y el Juzgado de Paiwas.

Algunos niños con uniformes escolares empiezan a bajar de la escuela primaria y del instituto, situados en la parte más alta de una loma.
Empiezan a bajar por incómodos senderos que, cubiertos de piedras y lodo, se parecen a una cascada pero sin agua.
La escena se repite todos los días de la semana, en este tranquilo poblado que podría haber desaparecido bajo agua, hace varios años, de haberse aprobado uno de los proyectos hidroeléctricos más ambiciosos del país: la represa Copalar.
En 1999, el Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter) determinó que el cerro Copalar era el centro geográfico de Nicaragua.
A sus pies, se encuentra la bocana del río Paiwas que más adelante se encuentra con la desembocadura del Río Grande de Matagalpa. Ahí nace la Bocana de Paiwas, que en lengua chontal significa “dos ríos”.

Así, Bocana de Paiwas está el mero centro de Nicaragua. Y como bien sabemos, este país es el centro de América. Así que señores y señoras, este pequeño poblado en medio de la selva nicaragüense en cierta forma está en el centro de todo el continente.
Desde este pequeño pueblo, en medio de la montaña, se libró una lucha entre quienes promovían un megaproyecto de energía hidroeléctrica y por la población que se vería afectada por el mismo.
Una lucha comenzó cuando las mujeres de la Radio Palabra de Mujer se dieron cuenta, a través de Internet, que se había revivido el proyecto Copalar.
El Proyecto Copalar surgió en los años setenta, cuando se estudió su “factibilidad” de buscar energía a través de una represa hídrica; pero se fue postergando debido a la guerra que vivió el país en los años setenta y ochentas.
Pero en el período del ex presidente, Enrique Bolaños, se reactivó esta iniciativa, al igual que otros proyectos similares en los que el Gobierno nicaragüense apostaba a buscar energía en la zona norte del país y en las Regiones Autónomas del Caribe, afectando a comunidades donde la población es principalmente campesina e indígena.
Sin embargo, la población de Bocana de Paiwas se opuso rotundamente a este proyecto. Y organizados por las mujeres de la Radio Palabra de Mujer lograron detener la iniciativa que los hubiera condenado a desaparecer.
Aunque para sus propulsores significaba la independencia energética de Nicaragua, que depende en su mayoría de energía producida con petróleo y sus derivados; para quienes lo rechazaron no solamente porque significaba el desalojo de sus tierras, sino que argumentaron en los resultados negativos que tendría en el medio ambiente.
De esta forma, las mujeres se organizaron para que “el río no muera y su pequeño paraíso no sea borrado del mapa”.
Fueron las mujeres las que encontraron una página web donde se mencionaba la reactivación de este proyecto, pero después de denunciarlo públicamente la información desapareció misteriosamente de la red.
También las autoridades del Gobierno les cerraron las puertas y nadie les daba información.
Así, se vieron obligadas a recurrir a redes de amigas de la radio en México para conocer del avance de este proyecto.
Y luego formaron su propia red con otros sectores de la población para informarse de los alcances del proyecto y el impacto que tendría en sus vidas.
Después se supo que hasta el ex presidente Bolaños firmó un acuerdo público con el ex mandatario mexicano, Vicente Fox, para trabajar sobre Copalar en lo que denominaron “el negocio del siglo”. Una iniciativa de ley del 2006 indicaba que el costo del proyecto sería de unos mil millones de dólares.
A pesar de tantos acuerdos, jamás se consultó con la población-recuerda doña Celia Contreras, de la Casa de la Mujer.
“Se realizaban reuniones entre altos funcionarios pero a puertas cerradas y no se informaba nada a la población”, indica.
Y así, gracias al impulso de las mujeres, surgió la Comisión contra la Represa Copalar en Paiwas en la que se empezaron a unir mujeres, hombres, liberales, sandinistas, católicos, evangélicos, productores, profesores, comerciantes; en fin toda la población.
Los cálculos gubernamentales minimzaban la afectación sobre la población, pero los pobladores aseguraban que serían más de 30 mil personas las que tendrían que ser desplazadas por el embalse de esa represa.
“Esa represa iba a traer el fin de nuestro municipio”, dice Jamileth Chavarría desde el jardín de su casa donde llegué a entrevistarla.
En tanto, el pastor evangélico, José Uriel Gamez, era como si llegase “el fin del mundo”.
“Nos tuvimos que unir todos, a pesar de nuestras diferencias para salvarnos a nosotros y a nuestros hijos”, reconoce.
La construcción de la represa destruiría una enorme zona verde, los ríos, sus casas, sus negocios y la misma Radio Palabra de Mujer. Era-como decía el pastor-el fin del mundo. Al menos del que la población de Bocana de Paiwas conocía y vivía.
Y así empezó la denuncia. Primero a través de la Radio Palabra de Mujer y luego en cualquier espacio nacional o internacional que pudieran tener.
Según la directora de la emisora, Carolina Medina, empezaron a denunciar porque aunque creen en el desarrollo no podían dejarse “pisotear” por intereses económicos nacionales y extranjeros.
“Nosotros no estábamos en contra del desarrollo del país, pero este no debe ser a costa del sacrificio de la gente pobre, ni de dañar el medio ambiente que es el que nos permite vivir”, menciona.
Al recibir en el 2005 el premio One World en Londres otorgado a la emisora por su lucha contra la violencia y en la defensa del medio ambiente, Jamileth Chavarría destacó la importancia de ser reconocidas “en un momento en que nuestra comunidad enfrenta la amenaza de desaparecer”.
Una palabra de mujer que tuvo eco desde ese momento a nivel nacional e internacional. La solidaridad no se hizo esperar y la Comisión Contra la Represa tuvo mayor fuerza.
El proyecto Copalar hubiese cambiado el mapa de Nicaragua. Se contemplaba la inundación de una porción de la cuenca del Río Grande de Matagalpa, de 21 ríos que lo alimentan y de varios poblados que lo rodean.
“Se calculaba que se inundaría una superficie similar a la mitad del lago Xolotlán”, refiere el pastor evangélico.
Quedó demostrado, sin embargo, que la población a pesar de sus diferencias puede unirse y sobre todo lograr incidir en las decisiones que finalmente cambiarían sus vidas.
Talleres, protestas callejeras, mantas en las calles y sobre todo información a través de la Radio Palabra de Mujer lograron detener este proyecto.
Fueron también las mujeres de la emisora las encargadas de organizar a los grupos de mujeres y hombres en las comunidades de tres municipios (Paiwas, Río Blanco y Matiguás) que serían afectados por el embalse de la represa.
“Hacer esa represa, porque para nosotros sigue vigente el temor, significa desaparecernos porque se perderían nuestras raíces, nuestra identidad, nuestras tierras en la que hemos hecho nuestra vida”, asegura Jamileth.
Al final de la única calle adoquinada en Bocana de Paiwas se encuentra un barranco, donde se puede bajar a observar la unión del río de Paiwas con el Grande de Matagalpa.
En tiempos de invierno o de altas corrientes, muchos pobladores con pequeñas lanchas o pangas se dedican a transportar a quienes deseen cruzar de un lado al otro.
“El proyecto Copalar destruiría el río”, dice Santos González mientras observa silencioso a un perro nadando en la corriente.
Hace algunos años a alguien que se acercaba al río a tomar fotos lo rodeaban y temían que fuese de la empresa que trabajaría con la represa. “Incluso muchos se portaban violentos”, me confiesa este señor panzón.
Según Celia Contreras desde ese tiempo, se puso en evidencia que a veces las autoridades gubernamentales argumentando el bien de muchos “no temen pisotear los derechos humanos” de un pequeño poblado.
Cuando el presidente, Daniel Ortega, visitó el municipio durante la campaña electoral que lo llevó de regreso al poder, las mujeres de Paiwas lo hicieron “comprometerse” en detener este proyecto. Una promesa que se ha cumplido hasta ahora, pero que ellas temen se pueda romper algún día.
La labor de la radio en el tema del medio ambiente no se detuvo ahí. A través de toda su programación continúan trabajando para que sus oyentes aprendan a que también el medio ambiente necesita no ser “golpeado”. Este reportaje fue posible gracias a una beca del Fondo de Apoyo al Periodismo Cívico, del Programa Vida en Democracia. Palabra de Mujer: Peleando contra la violencia
Izayda García, locutora del programa Verde Sueño, dice que diariamente tratan de incidir en que la población de Paiwas sepa que deben proteger su futuro.
“Les decimos que tienen que aprender a cuidar su entorno, porque es donde vivimos y el daño que se causa no tiene vuelta atrás”, indica.
Son las diez de la mañana y aparece en la entrada de la Radio Palabra de Mujer, una señora que trabaja en la finca de don Jacobo Cerda que trae un anuncio para que los “maleantes” no se metan en su territorio.
“Viera usted que molestan por allá, él (su patrón) quiere que no se metan a cazar a sus tierras, ni a hacer fogones”, me dice esta señora campesina como intentando recordar las palabras que su jefe le dijo.
La mañana es fresca. Ha llovido un poco durante la noche. Un niño gritando no nos deja dormir al fotógrafo y a mí desde las seis de la mañana. Salimos y veo al niño, junto un grupo de sus hermanitos, brincando descalzos y sin camisa en la calle. Me desvelaron y para colmo piden que les tomemos fotos. Pienso en regañarlos, desisto y pienso en que ellos son los dueños de esta Tierra.
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