Para huir del consumismo frenético que se agudiza en los días de Navidad, decidí compartir con Marcelo ―mi hijo de 13 años― una aventura ecológica en el Refugio de Vida Silvestre de Chacocente.
No hay dinero en el mundo que pueda comprar el asombro de mi hijo, y la emoción que compartimos, cuando en la mañana del 1ro de diciembre juntos notamos un leve pero constante aleteo que alborotaba la arena.
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Era el nacimiento de una tortuga de paslama. ¡Era la vida abriéndose paso! Era la esperanza, el milagro de la existencia que se desnudaba ante nuestros ojos.
Nos tomamos de la mano y nos arrodillamos en la arena para hacer una reverencia al nacimiento de una más de esta especie, más antigua que el ser humano.
Después de una tortuguita, salió la otra. Y la otra. Y como les costaba luchar con la espesa capa de arena, nos pusimos a apartarla para ayudarles a salir.
Cuando nos dimos cuenta, ya había más de 50 tortuguitas que iban como carreta en bajada buscando el mar. Fue asombroso ver cómo a pocos minutos de nacidas ya corrían en busca de alimento.
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Detrás de ellas, sin embargo, también corrían los zopilotes, queriendo acabar en pocos minutos con la vida de un animal que puede llegar a vivir fácilmente mucho más de cien años.
Y entonces, a Marcelo se le ocurrió tomar un palo y correr detrás de ellos para espantarlos.
Como esta especie de tortuga está en vías de extinción, los guardaparques del refugio también colaboran recogiendo a las tortugas que nacen durante el día y conservándolas en unas tinas de plástico, para soltarlas por la noche, cuando la mayoría de los zopilotes ya se han ido a dormir.
Y nosotros también pasamos todo un día en la playa recogiendo tortuguitas y colocándolas con cuidado en las panas.
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Por la tarde nos sentíamos llenos de vida, y esperábamos ansiosos el momento de que cayera la noche para “liberar” a más de mil 200 tortugas que nacieron ese día.
Cuando al fin fueron liberadas, vimos cómo se perdían en el inmenso mar aquella noche del primero de diciembre. Sólo una de cada mil volverá a esta playa cuando alcance la edad adulta. Las otras morirán.
Nos sentíamos con el corazón hinchado de naturaleza, porque habíamos hecho algo con el sentimiento genuino del amor.
Y también colaboramos con la conservación de la especie, de nuestra especie, porque al salvar a las tortugas nos salvamos a nosotros mismos de la desaparición.
Esta lección que aprendimos juntos no la enseñan en ninguna universidad del mundo, y así nos fuimos de regreso caminando de noche por la playa hacia el albergue, iluminados por el candil de la luna.
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