Este martes 10 de Noviembre, el programa que revolucionó la televisión infantil cumple 40 años. Suficiente tiempo como para que sus primeras ediciones hoy sólo sean aptas para mayores...
La primera emisión de Plaza Sésamo tuvo lugar el 10 de noviembre de 1969.
Desde entonces a la fecha, el programa pionero de la televisión educativa ha sido transmitido en más de 120 países, permitiéndole a niños de todo el mundo -y de varias generaciones- familiarizarse con Abelardo, Enrique, Beto, Elmo, Miss Piggy, la Rana Réne y el Monstruo Come Galletas, entre otros entrañables personajes.
Aunque, en realidad, lo más memorable de Plaza Sésamo tal vez sean sus canciones:
En estos cuarenta años el show contribuyó con la educación de millones de niños, a los que ayudó a reconocer letras y formas geométricas, resolver problemas, familiarizarse con buenos hábitos, y mucho más.
Y también ayudó a transformar positivamente a una televisión infantil que, aún cuando no siempre intenta ser educativa, ahora se preocupa más por el potencial impacto de sus programas.
De hecho, para darse cuenta de cuanta agua ha corrido bajo el puente desde 1969 hasta la fecha basta un dato:
El DVD conmemorativo que contiene las primeras cinco temporadas de Plaza Sésamo no es apto para menores.
Sobre el tema escribí algo el año pasado en mi columna de la revista Confidencial.
Lo reproduzco a continuación por si entre nuestros lectores hay algún padre de familia, tío solícito, o hermano mayor responsable, preocupado por la relación entre niños y televisión.
La mayoría de los lectores de Confidencial seguramente está familiarizada con Plaza Sésamo, el programa pionero de la televisión educativa.
Muchos, cuando niños, probablemente disfrutaron y aprendieron con las historias de Enrique, Beto, Abelardo y el resto de la pandilla.

A otros, ya adultos, el programa les permitió dejar de sentirse culpables por abandonar a sus hijos por horas frente al televisor.
Algunos incluso habrán experimentado ambas situaciones: transmitido en los Estados Unidos por primera vez en 1969, y disponible en español para una audiencia latinoamericana tan solo tres años después, Plaza Sésamo ha estado con nosotros por más del tiempo necesario para que sus primeros espectadores se convirtieran a su vez en padres de familia, convirtiéndose en el proceso en un referente infantil inevitable.
Dado todo lo anterior, he aquí una noticia para reflexionar: un DVD conmemorativo con las primeras cinco temporadas de Plaza Sésamo está siendo comercializado en los Estados Unidos bajo la advertencia de que su contenido es “estrictamente para adultos”.
En otras palabras, lo que era aceptable para los pre-escolares de principios de la década de los 70, es inaceptable para los niños de hoy.
La medida, calificada por muchos como un ejemplo de lo políticamente correcto llevado a los extremos del ridículo, se justifica en el contexto de regulaciones mucho más estrictas para la televisión infantil.
“Plaza Sésamo: la vieja escuela” incluye escenas que se considera podrían incitar a comportamientos peligrosos o indeseables: en los capítulos recogidos en el DVD uno de los personajes (el entrañable “Monstruo Comegalletas”) se traga una pipa, otro juega poniéndose en la cabeza una bolsa plástica, un tercero acepta alegremente la invitación de un perfecto desconocido de acompañarlo a su casa; todo sin mayor consecuencia.
La TV infantil de hoy, sin embargo, correctamente asume que tiene la obligación de evitar exponer a los niños a este tipo de ejemplos.
La experiencia de Plaza Sésamo, sin embargo, también ilustra la importancia de otros actores; capaces de mediar, limitar o re-canalizar la potencial influencia televisiva.
Millones de niños vieron a los personajes de Plaza Sésamo incurrir en los comportamientos arriba señalados, sin por ello exponerse al atragantamiento, la asfixia o el secuestro. ¿Por qué?
Porque contaron con otros referentes que les permitieron entender los riesgos y posibles consecuencias de ese tipo de actos.
El rol de la familia es, en ese sentido, más que clave. Pero, ¿estamos haciendo todo lo que podemos para minimizar el potencial impacto negativo de la tele en nuestros hijos, nietos, sobrinos?
Una encuesta realizada hace algunos años por la Facultad de Comunicación de la UCA en más de 600 hogares de Managua sugiere que no.
Según este estudio, en poco más de la mitad de los hogares de la capital parecen no existir restricciones de ningún tipo para lo que pueden o no pueden ver los pequeños de la casa.
Peor todavía, sólo en un cuarto de los hogares en donde hay condiciones de algún tipo se impone algún tipo de norma orientada a incidir directamente sobre el tipo de contenidos que pueden ser vistos.
La mayoría de las veces, más bien, las restricciones tienen que ver fundamentalmente con el cumplimiento de ciertas condiciones, como haber hecho las tareas, mantener sus pertenencias en orden, etc. La televisión se emplea así como un simple instrumento de premio o castigo.
Existen, sin embargo, padres de familia que en cierta forma “trasladan” la responsabilidad de velar por los contenidos a la propia televisión, por ejemplo definiendo horarios.
Esto definitivamente debería obligar a los canales nacionales a ser más cuidadosos en el tipo de imágenes que transmiten durante las horas del día y de la noche en la que es probable que los niños estén cerca del televisor.
Lamentablemente, además de no ser siempre de la mejor calidad, la programación exclusivamente infantil transmitida por los canales nacionales se limita a sólo unas pocas horas y las prácticas más comunes a la hora de ver televisión (en familia, en espacios comunes como la sala de la casa) hacen virtualmente inevitable que los menores se vean expuestos a contenidos pensados para adultos.
Un ejemplo son los noticieros. Y a pesar de que públicamente los dueños de las estaciones de TV siempre han sostenido lo contrario, cualquier monitoreo sistemático de los denominados “noticieros de nota roja” puede demostrar que la cantidad de imágenes de violencia y muerte transmitidas por la televisión nacional es prácticamente la misma en horas del mediodía (cuando la presencia infantil es más que probable), que en horas de la noche.
En otras palabras, la televisión no está respondiendo a la confianza acordada, aunque sea tácitamente, por algunos progenitores.
Esto hace cada vez más evidente la necesidad de que nuestros medios de comunicación desarrollen y apliquen mecanismos efectivos de auto-regulación.
Pero sobre todo requiere de padres y tutores mucho más dispuestos a asumir sus propias responsabilidades.
Más que prohibiciones, es urgente que estos hagan de lo que sus hijos ven en la tele un tema constante de conversación.
Con su involucramiento, los padres pueden hacer de la televisión una poderosa herramienta educativa, aún cuando su oferta ya no incluya programas como Plaza Sésamo.
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