Somos irremediablemente, por diseño, por necesidad, por conveniencia, seres sociales.¿Qué aporta, entonces, de nuevo la red? Carlos M. Castro reflexiona desde su propia experiencia.
Mi primera actualización de estado en Twitter (mi primer tweet, para usar su propia terminología) es del 28 de mayo de 2009, a las 12:03 a.m., según lo registra la línea de tiempo en mi perfil. Es decir, tengo poquito ahí. Learning era lo que decía. Aún estoy aprendiendo.

En enero de 2007 fue que me inscribí en la única red social que conocía: Hi5. Al poco tiempo quería desinscribirme. Me parecía demasiado sonsa. No le hallaba verdadero sentido. No eliminé mi cuenta porque dictaminé que en todo caso servía por si alguien quería contactarme y le era imposible hacerlo de otro modo. Pero dejé de cargar fotos y chochadas a los pocos meses.
No recuerdo por quién o por qué me metí a eso de Hi5. Estaba como de moda. Todo el mundo tenía su cuenta. Aunque yo era muy poco activo. Era parte de la inmensísima mayoría de la población nacional que no tiene acceso constante a Internet. Iba por allá al cibercafé. Y generalmente a asuntos específicos. No podía desperdiciar el tiempo en eso. Además, recuerdo que la interfaz no me gustaba mucho (y tras una revisita, no me sigue gustando). Y cargaba muy lento. Poco funcional, digamos.
Luego, ese mismo año, alguien me envió por correo electrónico una invitación a unirme a otra red. Sonaba algo rara: Sonico. Me inscribí, rellené algunos datos, subí una foto mía y nunca más volví a entrar. Bueno, casi nunca: a veces una amiga me envía un mensaje y entro para leerlo. O caigo en la trampa de los correos de notificación: “Hay actividad en tu cuenta”, o algo parecido.
Más o menos al año cambié de ambiente. Comencé a trabajar y mis redes sociales (hablo de las reales, de carnita y hueso) se modificaron. Por ahí escuché la palabra Facebook. Y luego de muchas menciones y para no quedarme fuera del rollo (curiosidad y moda, otra vez), me metí. Inscribirme fue fácil. Y la interfaz me agradó. Tenía entonces mayor acceso a Internet —sí, en el trabajo— y me quedé.
Actualmente soy un usuario activo de esta cuestión. Últimamente entro diario. Claro, ahora tengo conexión en mi casa. Pero aún así no reviso ni Hi5 ni Sonico. Con Twitter es otra historia.
La primera vez que supe lo que era fue leyendo La Brújula. Me dio un poco de vergüenza, lo confieso, no haberme enterado antes del último gran boom. Y sentí que me estaba quedando dormido. Pero es que todavía esas cosas de redes sociales —y mucho de Internet— no terminan de convencerme. Facebook me lleva ganando la batalla, pero no puedo evitar ciertas veces ponerme en juicio. ¿Qué hago perdiendo el tiempo en esas babosadas, habiendo tantas lecturas pendientes, tantos lugares (reales) a los que ir, tanto trabajo por hacer, tantas personas con las que salir?
Es el nuevo orden social, me respondo entonces. ¿El nuevo orden? No sé.
Es decir, admito que los estilos de vida actuales se prestan totalmente a que caigamos víctimas de redes sociales virtuales. El tiempo se ha reducido. O ampliado, a como se vea. Si sos joven —clase media, más o menos, me parece— quizá te toque trabajar y estudiar. Y no precisamente en el mismo lugar, ni cerca de tu casa. Entonces, para movilizarte y realizar esas actividades hay que gastar bastante tiempo. Quizá, viéndolo así, estos sitios nos den la oportunidad de recuperar la sociabilidad perdida en las entrañas de la ciudad. O quizá sea sólo un complemento (de sociabilidad y de absorción).
Y aquí mi primera conclusión (obvia): Somos irremediablemente, por diseño, por necesidad, por conveniencia, seres sociales.
Esa es la causa primaria que encuentro del éxito de esas redes de personas on line.
Y otras podrían ser: sensación de infinito (al parecer no hay límite de cuántos “amigos” se pueda tener agregados), inmediatez (quiero saber de vos, pero ya), distancia (tanto geográfica: puedo ser amigo de alguien en la Polinesia, si salvo lo idiomático; como psicológica: no ves mis expresiones faciales, ni podés golpearme si te ofendo, y puedo inventarme una o varias personalidades). Talvez la palabra popularidad sea muy buen complemento. Y las oportunidades de negocios, o métodos de trabajo (pienso en un publicista o un periodista o un fotógrafo, etcétera).
[En esto de la distancia hay algo muy interesante: al escribir básicamente en el vacío, hay personas que al parecer sienten cierta conexión con otro mundo. Un amigo ex compañero de universidad recientemente falleció. Tenía una cuenta en Hi5 y los comentarios continúan apareciendo en su perfil. Algunas amigas tratan de comunicarle sus pesares, de hacerle llegar sus sentimientos. Es tierno, aunque algo extraño. No se puede evitar que parte del pensamiento mágico-animista nuestro nos incline a creer —aunque sea muy breve y profundamente— en espíritus capaces de habitar ciertos espacios de la Red. Sin querer estoy sonriendo. Recuerdo que el blog de Álvaro Urtecho sigue en línea, tras más de un año de su muerte].
Comparativamente creo que Facebook cumple mejor su función. Estas son algunas ventajas que creo verle respecto a las otras redes que he mencionado: orden, facilidad de uso, está casi totalmente disponible en español (y varios otros idiomas), herramientas interesantes y útiles (Eventos, Chat). Sonico se parece demasiado a Facebook (pasa como una copia argentina). Y Hi5 está todo desordenado, poco eficiente.
[Un amigo me hacía una observación curiosa: Hi5 y Facebook son una marca social más. En la primera red está una gran mayoría de gente menos acomodada económica y socialmente que en la segunda. Dudo un poco de esto. Sólo un poco].
Digamos que lo mejor sería un balance entre el concepto Wal-Mart y el Google. Es decir: todo-en-un-mismo-lugar + minimalismo. Y en esto último Twitter le ha ganado con creces a Facebook (dicen que esta trató sin éxito de comprar aquella el año pasado en medio millón de dólares). Pero, claro, al menos yo no me siento recompensado a cabalidad entrando a Twitter y permaneciendo allí.
Y ahí las herramientas (no sé cómo se les llama, digamos externas) son muy atractivas. El TwitterFox fue la primera que yo descubrí. Con ella no hay que estar dentro de la página para saber qué hacen o piensan o quieren compartir tus contactos. Sólo hay que tener abierto el navegador Mozilla Firefox y en la barra de estado le van apareciendo a uno las notificaciones, y desde ahí se puede actualizar el estado. Y lo de tuitear desde el celular enviando un mensaje de texto es inigualable (sobre todo cuando la electricidad o la conexión fallan y hay urgentemente que comunicar algo: ya son muy sabidas las situaciones en que esto ha ayudado, en alguna crisis, tan siquiera a que la gente se sienta menos sola, y en el mejor de los casos a informar para resolver problemas).
También me encontré una llamada Seesmic. Con ella puedo actualizar mi estado en Facebook y Twitter al mismo tiempo. Y me doy cuenta de las actualizaciones ajenas en una misma ventana.
Creo que ese tipo de herramientas que engloben varios utensilios de la vida actual es el que va a pegar.
Pero uno no deja de pensar en el terror de trasladar gran parte de la vida a la Internet. Si lo hacemos, ¿qué pasará cuando la conexión se interrumpa?
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