Comparativamente hablando, Nicaragua tiene más madres adolescentes que cualquier otro país de América Latina.
Este 30 de mayo Maritza va a celebrar, como mamá, su primer día de las madres.
Está feliz con su hijo.
También su esposo.
Pero ambos sólo tienen 16 años.
Y desde la casa de su suegra, en Jinotepe, Maritza admite que desde que tiene un hijo su vida ha cambiado mucho.
Con nostalgia recuerda que el año pasado estudiaba por la mañana.
Ahora tiene que hacerlo por las noches, porque su día por lo general transcurre entre cambios de pañales y los deberes del hogar.

Su joven esposo, en cambio, estudia por la mañana y trabaja por la tarde.
Y en medio de todo, ellos son unos afortunados.
“Mis papas me apoyan y la familia de mi esposo también” dice Maritza.
“Y ahora nos protegemos porque es difícil realmente traer un hijo al mundo” cuenta, mientras explica que sigue estudiando “para que mi hijo sea alguien importante en el futuro”.
Mientras, para muchos adolescentes, la maternidad y la paternidad temprana simplemente significa el final de los estudios.
¡Y vaya que en Nicaragua abundan los embarazos no deseados a una edad temprana!
Uno de cada cuatro
En el país, y según estadísticas oficiales, uno de cada cuatro partos corre por cuenta de niñas como Maritza, jóvenes mujeres de entre quince a diecinueve años.
Y según el doctor Claudio Sequeira, de Profamilia —una ONG que trabaja temas de salud sexual y reproductiva- prácticamente dos de cada diez niñas en Nicaragua tienen hijos antes de cumplir los 15 años.
“Son niños trayendo al mundo a otros niños” dice Sequeira.
Mientras, David Orozco, oficial de comunicación del Fondo de Población de las Naciones Unidas, UNFPA, ofrece otro dato escalofriante:
“Sólo en el 2007 hubieron 1,400 niñas embarazadas. Y según nuestras leyes esto no debería pasar” se queja.

Las historias detrás de cada uno de estos embarazos son diferentes.
Algunas son doblemente trágicas porque son el producto de episodios de abuso sexual.
Otras, como la de Maritza, tienen su origen en la falta de información, en la falta de acceso a métodos anticonceptivos y en la necesidad de “aprovechar el momento”.
“Un día nos quedamos solos en mi casa y no teníamos tiempo para buscar condones”.
“Pero además no creíamos que con una vez iba a quedar embarazada” explica.
Maritza admite que tanto ella como su esposo habían recibido muy poca educación sexual.
Este es un tema con el que ni padres ni maestros parecen sentirse cómodos.
Y esa es parte importante del problema.
Empezando a los catorce
Muchos critican además la poca educación sexual que se les da a los adolescentes en las escuelas por ser excesivamente tímida, conservadora y “biologicista”.
Es decir, la educación sexual se ve como parte de las Ciencias Naturales.
Por lo general no se discuten temas como métodos de planificación, las consecuencias de un embarazo no deseado, y ese tipo de cosas.
“¿Qué les enseñan en el colegio sobre sexualidad? ¿Les han hablado sobre métodos de planificación o sobre el uso del preservativo?” le preguntamos a un grupo de estudiantes de secundaria de un colegio público de la capital.
“No” responde Josué.
“Nos han hablado de los cambios en el cuerpo, tanto de la mujer como del hombre, pero no de eso” explica este joven de quince años.
“¿Y hablan ustedes sobe sexualidad con sus padres?”
Josué y Luis intercambian miradas, se ríen y también contestan que no.
“¿Y con sus profesores?”
“Tampoco”.
“Yo —explica Josué— escuché hablar de los preservativos en la televisión y la radio y por eso los he utilizado. Sirven para evitar embarazos y enfermedades”.
Él inició su vida sexual con su novia, de catorce años.
A la edad de quince, empezó un año más tarde que el promedio de los varones sexualmente activos en Nicaragua.
Ella, uno menos que el promedio de las mujeres.
Ni abstinencia, ni protección
Y es que por más que la idea disguste a padres, profesores y curas, la realidad es que un alto número de jóvenes nicaragüenses empiezan su vida sexual a una edad muy temprana.
Así, un estudio realizado por Profamilia en colegios públicos y privados de Managua sugiere que dos de cada diez jóvenes de entre 13 y 15 años ya han tenido relaciones sexuales.
Y, tal vez como resultado de la “técnica del avestruz” que aplican muchos padres y maestros, sólo seis de cada diez estudiantes sexualmente activos utilizan algún tipo de protección.
Luis, un compañero de clase de Josué, es uno de los que no se protege.
A sus dieciséis años ya ha tenido dos parejas y con ninguna ha utilizado preservativos.
“Es que aquí, en confianza —dice tímidamente este joven con espinillas rojas en el rostro— no se siente igual con el condón”.
Sin embargo, para Johana, la única mujer del grupo, esa no es una opción.
Aunque tiene 16 años y un novio un año mayor que ella, aún no inicia su vida sexual. Y afirma que si llegara a hacerlo sería algo planeado y se protegería.
La diferencia tal vez radique en que sus padres, un ama de casa y un médico general, le han hablado de los riesgos de tener sexo a muy temprana edad, de las enfermedades de transmisión sexual y de los embarazos.
Mientras, la ausencia de este tipo de referentes en la casa y en la escuela, junto a la limitada cobertura de las iniciativas de educación y atención en materia de salud sexual y reproductiva hace que el problema del embarazo adolescente sea todavía mayor en las zonas rurales.
¿Una puerta a la pobreza?
A nivel nacional, la tasa de partos adolescentes más alto (27.5) lo tiene la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN), seguido de Jinotega (27%).
Pero el problema no exclusivo de estas regiones.
La próxima vez que esté frente a un grupo de niñas sepa que, según las estadísticas, la mitad probablemente va a dar a luz o resultar embarazada antes de cumplir los veinte años de vida.
Y, según el doctor Sequeira, de Profamilia, antes de esta edad es más probable que un embarazo no deseado termine empujando a las jóvenes hacia la pobreza.
Por eso, “el embarazo en la adolescencia ha sido llamado también el Síndrome del Fracaso, o la Puerta de entrada al ciclo de la pobreza” se lee en el sitio web del Fondo de Población de las Naciones Unidas.
Según estudios del UNFPA la maternidad temprana suele amarrar a las mujeres al rol doméstico y reproductivo.
Y parte del problema también estriba en que tres de cada diez madres adolescentes son madres solteras, que se ven obligadas a abandonar sus estudios para mantener a sus hijos.
Una de ellas es Beatriz Hernández, ahora de 17 años, quien dio a luz un varoncito cuando tenía 15.
“Soy una madre sola, porque aunque tengo el apoyo de mis padres, el muchacho que me dejó embarazada no se hizo cargo del niño” cuenta esta joven de rostro triste.
Mientras columpia a su hijo Nicolás en un parque de La Paz, departamento de Carazo, Beatriz admite que el primer año de Nicolás fue el más difícil, porque tuvo que encargarse a tiempo completo del pequeño.
Ahora trabaja atendiendo la pulpería de su casa en la mañana y por la tarde se dedica a cuidar a su hijo.
Aspira a volver a estudiar y convertirse en abogada para darle, sola, una buena vida a su hijo.
Con esfuerzo y sacrificio tal vez lo logre. Pero lo tiene cuesta arriba.
Lea además:
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