Mi cultura de lutos rezagados y esperanzas que no se acaban eran insuficiente para entender las complejidades del Brasil que estaba empezando a vivir, y que no aparece en los guiones de las telenovelas de Globo
Humberto Meza*
Lo primero que sentí es que llegaba ese país 25 años más tarde. Todos a mi alrededor tenían sus propias referencias, sus historias, sus propios códigos, sobre los que yo apenas empezaba a balbucear. Mi cultura de lutos rezagados y esperanzas que no se acaban eran insuficiente para entender las complejidades del Brasil que estaba empezando a vivir, y que no aparece en los guiones de las telenovelas de Globo.
Llegué al aeropuerto de Guarulhos, en Sao Paulo, poco antes de la medianoche y, como ya sabía, nadie me esperaba. Ya que nunca he sido práctico para viajar cargaba una maleta enorme e incómoda en donde la noche anterior había rempujado ropas, libros y recuerdos de lo que dejaba con la intención de que me abarcaran los dos años y medio de vida por delante.
En la bolsa de la camisa portaba una hoja con indicaciones que me había dado mi antigua profesora de portugués para llegar a Campinas. Y en el alma algo tan pesado como mi maleta: la ansiedad.
Después de 45 minutos de viaje encontré un lugar cómodo para dormir, encendí un pequeño radio para navegar entre todas sus estaciones (creo que de ahí me vino la manía de escuchar el radio apenas llego a un lugar nuevo, como si eso me ayuda a entender en donde estoy). Luego dormí. Así comenzaron las primeras horas de una vida de estudiante con todo a mitad de precio, y con acceso a reflexiones constantes de cómo hacer de la política un instrumento para conseguir el cambio a una vida mejor para todos, más allá de las componendas y las ventajas de un cargo públicos y países pobres como el nuestro.

Tenía sus ventajas ser el único extranjero de mi grupo. Todos mis colegas brasileños, hoy grandes amigos, sólo sabían de Nicaragua por la revolución sandinista y querían saber por donde andaba este paisito pequeño de que ya nadie hablaba. Muchos otros, en el círculo académico, inclusive creían que una buena parte de América Central todavía seguía en guerra.
Más allá de la academia pocos sabían que existimos. Recuerdo todavía una vez que llegué al correo postal para enviar una carta de felicitaciones a un amigo en Nicaragua, y el muchacho del correo me preguntó dónde quedaba. Después de casi un minuto de intentar explicarle, me volvió a preguntar “pero ¿a cuál estado pertenece?”
Un año después me fui a vivir por un período, al Estado de Paraná, al sur del país, en donde hice la investigación de campo. Los funcionarios de condominio del edificio de apartamentos preferían mejor llamarme “el bahiano” (del Estado de Bahía) que era mucho más comprensible para entender cuan lejos estaba el lugar donde había nacido.
Aún recuerdo la impresión que un joven me causó en un autobús en Sao Luis, Maranhao, cuando le dije que venia desde Sao Paulo, y me respondió “wow, usted sí que anda por todo el mundo”.
A veces creo que el momento en Brasil que la vida me dio no pudo ser el más afortunado. Lula a la Presidencia en 2001, el Penta-campeonato en 2002, la consolidación del Foro Social Mundial como fenómeno y las interminables innovaciones musicales han sido momentos intensos que ya no caben en la maleta enorme con que llegué y regresé algunos años después.
La intensidad de ese enorme país y la vida que ahí se respira, no se puede encajar completita en la pantalla de las novela de las nueve. La diversidad del país es tan rica y variopinta que dibuja por si sola el espíritu contento y creativo de su gente. Sin embargo, ese gigante globo y una cultura luso-fónica, única en América Latina, todavía ocasiona que muchos brasileños perciban a la misma Latinoamérica como otra cultura. Sin duda, también eso vale un Bossa-Nova.
*Humberto Meza hizo una maestria en Ciencias Políticas en la Universidad de Campinas, Brasil, gracias a una beca de la fundación alemana, Konrad Adenauer. Actualmente trabaja para Intermon-Oxfam.
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