Seducida por la palabra
Le llamaban “Bucky”, porque caminaba con las bolsas traseras de su pantalón siempre repletas de pasquines, historietas o comics; este hombre kriol, de andar pausado y dueño de una risa hilarante, amigo entrañable de mi familia, era una delicia para nuestra infancia ávida de aventuras y fantasías. Le esperaba junto a mis hermanos todas las tardes, ansiosos por sumergirnos entre las páginas de historias fascinantes que nos desataban la imaginación sin límite alguno.
El me regaló la llave, la gota mágica que me impregnó de una curiosidad insaciable por descubrir y disfrutar de los tesoros ocultos entre párrafos y versos. La Biblioteca del Colegio Niño Jesús de Praga, de Bilwi en Puerto Cabezas, fue durante la escuela primaria, mi escondrijo, el pasaje secreto desde donde continué con travesías de viajes fantásticos.
Otro ingrediente agregado a esta pócima embriagante, fueron las tardes cálidas junto a mi abuela materna, mujer de ascendencia Rama y Negra, dulce como el chocolate de su piel, amante de las radionovelas y los cigarrillos. A su lado, en silencio, me lanzaba al abismo de amores y pasiones desatadas de “Cumbres Borrascosas”, “El Conde de Montecristo”, “El Derecho de Nacer”. Finalmente sucumbí.
Fui seducida por las letras, por la fuerza con que se pueden imprimir a través de ellas, sentimientos, emociones. Me encantó la posibilidad de conocer los secretos que me permitieran dibujar con las palabras, extraer la magia que guardan en cada sonido, en cada una de sus multifacéticas formas, para crear, amoldarlas cual suave arcilla entre los dedos, de manera que puedan transmitir sensaciones, vivencias, que toquen la sensibilidad de quienes las lean.
Ser mujer y poder hablar, escribir y compartir lo que piensas, en lo que crees, lo que vives, es un paso a la libertad, un paso a quebrar esquemas y dejar huellas, por minúsculas que sean desde el espacio mínimo propio, de alguna manera vas tocando, irradiando tu entorno, porque las palabras persisten por siempre.
“Nuestro pueblo tomó la palabra, la resucitó, le dio vida" es un verso de un poema de June Beer, poeta kriol originaria de Bluefields, “La Ciudad de los Campos Azules” en la Región Autónoma del Atlántico Sur, que me resulta inspirador y aplicable a lo hoy considero mi pasión… escribir.

Yolanda Elizabeth Rossman Tejada, nació en la Región Autónoma del Atlántico Norte, RAAN, en 1961. Socióloga de la UCA, Antropóloga Social de la URACCAN y poeta. Es miembro de la Asociación Nicaragüense de Escritores, ANIDE, y actualmente integra su Junta Directiva. Ha publicado en revistas y suplementos culturales nacionales, y participado en varios recitales de poesía. En la convocatoria 2008 del Centro Nicaragüense de Escritores-CNE, fue seleccionado para publicación su poemario “Lágrimas sobre el musgo”.
VIDA
La garganta martirizada
Apenas deja escuchar mi voz
Lenta...casi inaudible...desesperada.
Las cuerdas marchitas,
Torturadas.
Nadie me escucha…
¡El pánico me invade!
Los ojos agobiados
Intentan decir
Lo que mi voz extraviada no puede.
El grito amordazado
Se hunde en el abismo.
VIDA...no me pidas ese precio
Por la tregua de existir...
Yo, apasionada...
Yo, amante de las letras
De la palabra...
No me pidas ese precio,
Por la tregua de existir.
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